domingo, 31 de agosto de 2008

Los representantes

Puede decirse que todos nosotros en algún momento hemos pensado o nos hemos visto como figuras o dirigentes del lugar en que vivimos. ¿Quién no ha soñado con ser presidente de la Nación o intendente o al menos concejal? ¿Quién no ha dicho: ‘si yo estuviese allí, haría...’?


Por supuesto que al momento de imaginarlo todo es buenas intenciones. Se sueña con hacer un trabajo correcto y con quedar en la memoria y en el buen recuerdo de los ciudadanos. Y si eso al fin sucediese, es decir si estuviésemos allí en los puestos de decisión: ¿qué haríamos?


El hecho es que no podemos todos formar parte de la dirección y por eso les dejamos a algunos de entre nosotros esa responsabilidad. Lo hacemos para que hagan lo que haríamos nosotros, o al menos lo que le conviene al conjunto. Así está previsto en nuestras leyes y así lo aceptamos. Nosotros, cuando vamos a elegir a alguien en el momento de la votación (única instancia en que podemos hacerlo) y también ese alguien que se propone para asumir la tarea en nombre del conjunto, todos sabemos que el sistema funciona así. No hay sorpresas para nadie.


Sin embargo, a pesar de conocer esto, a veces ese alguien que se propuso como representante de todos desconoce su rol ni bien asume su cargo. Es decir, nos deja a todos sin representación. No tenemos a nadie que se preocupe por nuestros intereses y por los de la sociedad. Esa falta de representación es grave porque nos deja indefensos, pero empeora aún cuando no sólo no nos representa sino que asume la representación de algún interés privado. De ofrecerse como delegado del conjunto termina siendo el vocero de particulares. La ofensa es doble, porque elude su responsabilidad de origen y porque utiliza los mecanismos, las instituciones y el dinero de todos en favor de determinados sectores. Si bien nuestras leyes no tipifican esas acciones como delitos, desde el punto de vista ético se vuelven insalvables.


El Concejal Ramón Deccilli ejerce su cargo desde hace casi cinco años. Llegó de la mano del inefable Pedro Rodríguez, quien pudo ejercer influencia pero al que no debemos verterle toda la culpa ya que el Concejal acumuló su propio mérito. Concluido su período y por extraña mutua conveniencia (¿en qué pudo convenirle a Raimundo?) se asoció a la lista ganadora y renovó su banca de concejal por cuatro años más. Su labor en general fue y es, más bien chata, con poca trascendencia. En las únicas oportunidades en que pone énfasis para intervenir es en los temas que pueden interesarle a las empresas grandes radicadas en la ciudad. Pero solamente alza la voz para encarnar la defensa de los intereses de esos grupos económicos.


El concejal Ramón Deccilli parece justificar su presencia en la institución local enarbolando la bandera de las empresas, soslayando su real tarea que es la de representar a los ciudadanos. No percibe que haciendo esto está más cerca de la usurpación que de la abnegación.


En cada debate que se abre en el Concejo Deliberante se repite una situación: alguno de los concejales propone algo que le conviene a un barrio, a un grupo de gente o a toda la ciudad pero que le exigiría alguna cesión o algún aporte a las empresas e inmediatamente Deccilli alza la voz para oponerse. A veces incluso sostiene argumentos pueriles, tontos o hasta ofensivos, como el de planificar algún cambio para dentro de veinte años, es decir para cuando él y la mayoría de nosotros esté cerca de la muerte por edad, si es que antes no nos lleva alguna de las enfermedades ambientales. Partiremos nosotros antes que las empresas.


También se lo ha visto recorrer la calle Grl. Mosconi proponiéndoles a los vecinos la compra o la expropiación de sus casas para que las empresas no tengan la necesidad de mermar sus actividades o de pensar en un traslado. Su actitud es tan servil y exenta de dignidad que causa vergüenza ajena, y más bien responde a lo que los vecinos mencionan como alcahuetería.


Tanta voluntad en favor de empresas que mueven muchísimo dinero deja abierta una inquietud que, de ser cierta, lo inhabilitaría para siempre. El concejal entendió mal el sentido de la vocación de servicio, no percibió que debe volcarla a la comunidad: El puesto que ocupa y el dinero que cobra le corresponden.


La tarea de Ramón Deccilli, ¿es gratuita? Ya dijimos que a la ciudad le cuesta el sueldo, pero ¿solamente actúa en favor de las empresas por convicción? Algunos de los otros concejales despliegan una desidia y una incapacidad que se manifiestan en el silencio habitual que aportan cotidianamente en el Concejo, pero al menos no dejan sospechas: Simplemente hacen mal su trabajo y deben ser repudiados.


No para liberarlo de culpas al concejal Deccilli sino para que cada uno asuma su responsabilidad, debemos reconocer nuestro propio error como ciudadanos al cederle el puesto de representación a alguien tan mal intencionado. Si bien nuestro mecanismo democrático no dispone de una revocatoria de mandato y nos condena a esperar el fin del tiempo previsto, no nos impide ejercer la vindicta pública que nos reserva, como única pero digna salida, el repudio cotidiano que le haga sentir, al menos, que no es de acá.

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