domingo, 31 de agosto de 2008

Peligro de explosión

La mayoría de las personas sabe que en San Lorenzo hay un nivel de contaminación excesivo. Es más, lamentablemente es una de las ciudades más comprometidas del país. Lo que no todos saben es que sí ocupa el primer lugar como la ciudad más peligrosa de Argentina.


Cotidianamente cada habitante y cada persona que circula por San Lorenzo expone su vida y la deja al arbitrio de la suerte, y si concluye cada día es porque una serie de circunstancias casuales se encadenan benéficamente. La posibilidad concreta es que ocurra un accidente en alguna de las empresas, una explosión o un incendio, y que se expanda por contigüidad, por expansión, por simpatía o por conexión iniciando una cadena imparable. Es más, el peligro es tan alto que ni siquiera un estudio técnico podría determinar el real alcance y magnitud de una tragedia semejante. Si bien escapa a cualquier especulación, nadie puede negar que sería trágicamente fatal.


En un espacio de pocos kilómetros cuadrados se encuentran diferentes sustancias y elementos de alto poder de explosión y de fácil combustión. Cada uno de ellos y en un solo sitio, es capaz de provocar un accidente severo y grave en un área importante, con lo que la circunstancia de que todos ellos estén mezclados o muy próximos nos tiene literalmente viviendo sentados sobre una bomba.


Iniciaremos un viaje imaginario por San Lorenzo empezando por el sur:


Habiendo dejado atrás, en Fray Luis Beltrán, a una empresa productora de sulfuros varios, zinc y cadmio, lo primero que encontraremos es una enorme fábrica de aceite comestible, celdas y silos con cereales y oleaginosas, depósitos de hexano y un muelle para barcos de ultramar. Al lado, otro muelle similar y otros silos y celdas con cereales y oleaginosas, y con una fábrica de biocombustibles, es decir con metanol. Pegadito nomás, una gran industria química con depósitos de sustancias como ácidos e hidrocarburos, además de un muelle. En el mismo terreno opera otra empresa de hidrocarburos. Quinientos metros hacia el oeste una fábrica de biocombustibles con depósitos de metanol.


Regresemos a la costa del Paraná. Un kilómetro y medio hacia el norte encontraremos otra gran empresa aceitera, con celdas y silos gigantes repletos de cereales y oleaginosas. También tienen depósitos de fertilizantes y de nitrato de amonio. Posee un muelle para barcos de ultramar y otro para barcazas. Cruzando la calle nos encontraremos con tanques repletos con millones de litros de combustibles pertenecientes a dos empresas y diseminados a lo largo de un kilómetro, con sendos y riesgosos cargaderos de camiones, y cinco muelles muy próximos uno de otro, en donde se cargan y descargan gases como propano y butano, e hidrocarburos diversos. De allí parten a muy poca profundidad caños que atraviesan transversalmente la ciudad para ir a dar a otros tanques con combustibles.


Acá el camino se bifurcará, y lamentablemente no tendrá ninguna alternativa borgeana, ya que ambos nos conducirán a lo mismo. Optaremos por variar hacia el oeste.


De frente a la ristra de tanques y a un kilómetro hacia donde cae el sol, encontraremos una refinería y destilería de petróleo, con tanques millonarios de combustible. Si cruzamos la ruta siempre hacia el oeste, habrá más tanques de combustible, en donde funciona un cargadero de camiones. En frente, una fábrica de agroquímicos lindando con una empresa que se encarga de quemar (que en los términos de sus dueños se dice ‘reciclar’) todo tipo de sustancias tóxicas y contaminantes, y de fabricar y almacenar solventes. A trescientos metros de ella encontraremos una planta recicladora de hidrocarburos y aceites minerales.


Retornaremos al punto de la intersección de los caminos para continuar el viaje imaginario, recordando que estábamos en los depósitos de hidrocarburos. Deberemos cruzar el arroyo San Lorenzo y entrar a la ciudad de Puerto General San Martín pensando que el peligro no distingue ni límites ni jurisdicciones. Enseguida y a doscientos metros, ya está el depósito de gas y muelle de lo que en otros tiempos fue Gas del Estado. A cien metros comienza una gigantesca fábrica de aceite comestible con también gigantes celdas y silos repletos de cereales y oleaginosas, tanques con hexano y, obviamente, el correspondiente muelle.


Lo más probable es que no notemos el límite de esta empresa porque linda con otra similar, más chica y sin fábrica de aceite pero con muelle, que a su vez linda con otra que tiene los consabidos silos, celdas y muelle. A un kilómetro, o quizás menos, siguiendo el borde del río privado, encontraremos otro gigante que fabrica aceite, almacena cereales y oleaginosas, hexano y opera su muelle. Hablando de gigantes, a quinientos metros hacia el oeste encontraremos una delicia para los exagerados. Es una planta petroquímica de dimensiones sorprendentes que procesa hidrocarburos, elaborando productos como naftas, butadieno, estireno que se almacenan en tanques y esferas amedrentadoras.


Para que el viaje imaginario no se vuelva aburrido, en lugar de regresar sobre nuestros pasos, volveremos hacia el sur pero desde esa petroquímica que linda con una planta productora de agroquímicos y venenos varios. En menos de un kilómetro encontraremos una fábrica de aceite con silos y celdas repletos de cereales y oleaginosas que no tiene muelle la pobre, pero no por ser mediterránea está sola, ya que su vecina, con quien comparte medianera, almacena y procesa gases industriales.


Si seguimos hacia el sur y a muy peligrosas pocas cuadras, encontraremos la ruta del gas. A lo largo de un kilómetro y medio, más o menos, se apelotonan diferentes plantas que almacenan gas licuado de petróleo en enormes tanques para fraccionarlo en garrafas.


Como si la proximidad entre todas las empresas no fuera suficiente para generar un ámbito peligroso, varias de ellas están interconectadas por cañerías (ductos, en su propio lenguaje) que llevan todo tipo de hidrocarburos de una punta a otra y entre sus costados, configurando el entramado de un sistema circulatorio temerario. Ah, también varias de ellas reciben gas de alta presión.


Como descanso luego de este arduo viaje, aunque imaginario, podremos acercarnos a la orilla del río para ver pasar cada tanto a alguna barcaza que deambula a la deriva y sin remolcador que, por un descuido se suelta de las precarias amarras, siempre a riesgo de impactar en contra de algún muelle o en contra de algunos de los barcos con gas o con hidrocarburos.


Acá ya daremos por concluido nuestro city tour, en el que pasamos raudamente de una empresa a otra obviando a algunas de dimensiones no tan desmesuradas, pero sólo por no agobiar. Si bien el viaje no fue demasiado extenso, apenas unos veinte kilómetros cuadrados, tuvimos la posibilidad de asistir a la mayor concentración de peligro que pueda encontrarse en Argentina. Todo un mérito que supimos conseguir en esta región. Si fuimos observadores, habremos notado la escasez y limitación de los caminos y rutas, por lo que, de ocurrir algún accidente que requiriese la evacuación de las personas de algún barrio o de toda la ciudad, se produciría un caos y un apelotonamiento de personas y de vehículos que impediría la salida rápida. Por supuesto que se haría según el criterio individual de cada uno de los fugitivos, ya que no existe ningún plan de evacuación, y mucho menos de contingencia para menguar los riesgos.


Sin ánimo de atemorizar a nadie, es bueno decir que prácticamente ninguna de las empresas cuenta con una política de seguridad seria que contemple la real posibilidad de un accidente. Ya que no tienen política, tampoco tienen personal idóneo ni medios ni elementos para contener o controlar los efectos de un accidente.


Diariamente circulan por las calles de estas ciudades miles de camiones, muchos de ellos cargados con combustibles, ácidos varios, gases, nitrato de amonio. No todos están en condiciones de circular ni cuentan con el rotulado pertinente para que en caso de accidente se sepa de qué sustancia se trata, ni sus choferes están instruidos ni preparados.


En los centros de salud, tanto públicos como privados, apenas si podrían atender a unas pocas personas, siempre en lesiones menores o no demasiado complejas.
Las autoridades, ajenas a la realidad o conociéndola pero evitando mencionarla, ni siquiera contemplaron la posibilidad de que algo ocurra.

Si un acontecimiento llegara a ocurrir, las autoridades, los directivos de las empresas y cada uno de los pobladores de San Lorenzo o Puerto General San Martín, ¿podrán decir que fue un accidente?


Antecedentes


En el año 2002 la empresa ACA tuvo una explosión en uno de los túneles de transporte de semillas, causado por el polvo de cereal. Murieron cuatro personas pero podrían haber sido muchísimas más, ya que el daño llegó al 80% de la planta. Algunas personas alcanzadas por la onda expansiva fueron arrojadas al río, otras sufrieron múltiples heridas. En el barrio circundante decenas de casas fueron afectadas con quebraduras y rajaduras de paredes, techos y mampostería y roturas de vidrios. Sus dueños nunca fueron resarcidos económicamente, pero la planta se reconstruyó y comenzó a operar nuevamente en diez meses.


Una explosión similar y con muy pocos meses de diferencia ocurrió en Toepfer. Murieron tres personas y hubo enormes daños materiales. La planta se acondicionó y empezó a funcionar otra ve en muy poco tiempo.


En febrero de 2008 un accidente menor, la caída de una herramienta metálica desde unos pocos metros de altura, produjo una chispa que provocó una lengua de fuego en un tanque de hexano en la empresa Molinos. Casualmente el tanque no se incendió ni explotó. A pesar del real peligro y del pánico que ocasionó, la empresa primero negó el hecho y luego dio una explicación falsa y pueril.


En abril de 2008 explotó un horno en la empresa Petrobras. Fue una mala operación y luego fallaron los mecanismos de control, pero nuevamente la buena fortuna ayudó a evitar la catástrofe.


En mayo de 2008 una mala operación causó un escape de etileno en el sector que la empresa Petrobras opera dentro del predio de ICI. La empresa lo adjudicó a un corte de energía que la EPE se encargó de desmentir.


Hace unos años, un barco que operaba en el muelle de Gas del Estado tuvo una avería en uno de sus motores y chocó contra el dolphin, habiendo evitado el choque en contra del muelle, es decir de las cañerías y depósitos de gas.


Hace pocos meses un camión que salía de la empresa ACA fue interceptado por los vecinos porque ya no era el horario convenido. Transportaba nitrato de amonio, era modelo ’75, no le funcionaba la caja de cambios (no tenía marcha atrás) y su chofer ignoraba el producto que transportaba.


En la primera semana de julio un convoy de barcazas navegó a la deriva durante varios kilómetros y fue rescatada por un remolcador luego de varios intentos, poco antes de chocar en contra del muelle de ICI. Este hecho es habitual, y sucede porque las barcazas se dejan amarradas precariamente en la isla (atadas con sogas a algún árbol) a la espera de un turno en los muelles.

Asambleistas




Éstos son los nombres de algunas personas que ya decidieron hacer algo por ellas mismas y por los demás.


Ellos participan de la asamblea. Sumale el tuyo.

Bienvenido, bienvenida.

Los representantes

Puede decirse que todos nosotros en algún momento hemos pensado o nos hemos visto como figuras o dirigentes del lugar en que vivimos. ¿Quién no ha soñado con ser presidente de la Nación o intendente o al menos concejal? ¿Quién no ha dicho: ‘si yo estuviese allí, haría...’?


Por supuesto que al momento de imaginarlo todo es buenas intenciones. Se sueña con hacer un trabajo correcto y con quedar en la memoria y en el buen recuerdo de los ciudadanos. Y si eso al fin sucediese, es decir si estuviésemos allí en los puestos de decisión: ¿qué haríamos?


El hecho es que no podemos todos formar parte de la dirección y por eso les dejamos a algunos de entre nosotros esa responsabilidad. Lo hacemos para que hagan lo que haríamos nosotros, o al menos lo que le conviene al conjunto. Así está previsto en nuestras leyes y así lo aceptamos. Nosotros, cuando vamos a elegir a alguien en el momento de la votación (única instancia en que podemos hacerlo) y también ese alguien que se propone para asumir la tarea en nombre del conjunto, todos sabemos que el sistema funciona así. No hay sorpresas para nadie.


Sin embargo, a pesar de conocer esto, a veces ese alguien que se propuso como representante de todos desconoce su rol ni bien asume su cargo. Es decir, nos deja a todos sin representación. No tenemos a nadie que se preocupe por nuestros intereses y por los de la sociedad. Esa falta de representación es grave porque nos deja indefensos, pero empeora aún cuando no sólo no nos representa sino que asume la representación de algún interés privado. De ofrecerse como delegado del conjunto termina siendo el vocero de particulares. La ofensa es doble, porque elude su responsabilidad de origen y porque utiliza los mecanismos, las instituciones y el dinero de todos en favor de determinados sectores. Si bien nuestras leyes no tipifican esas acciones como delitos, desde el punto de vista ético se vuelven insalvables.


El Concejal Ramón Deccilli ejerce su cargo desde hace casi cinco años. Llegó de la mano del inefable Pedro Rodríguez, quien pudo ejercer influencia pero al que no debemos verterle toda la culpa ya que el Concejal acumuló su propio mérito. Concluido su período y por extraña mutua conveniencia (¿en qué pudo convenirle a Raimundo?) se asoció a la lista ganadora y renovó su banca de concejal por cuatro años más. Su labor en general fue y es, más bien chata, con poca trascendencia. En las únicas oportunidades en que pone énfasis para intervenir es en los temas que pueden interesarle a las empresas grandes radicadas en la ciudad. Pero solamente alza la voz para encarnar la defensa de los intereses de esos grupos económicos.


El concejal Ramón Deccilli parece justificar su presencia en la institución local enarbolando la bandera de las empresas, soslayando su real tarea que es la de representar a los ciudadanos. No percibe que haciendo esto está más cerca de la usurpación que de la abnegación.


En cada debate que se abre en el Concejo Deliberante se repite una situación: alguno de los concejales propone algo que le conviene a un barrio, a un grupo de gente o a toda la ciudad pero que le exigiría alguna cesión o algún aporte a las empresas e inmediatamente Deccilli alza la voz para oponerse. A veces incluso sostiene argumentos pueriles, tontos o hasta ofensivos, como el de planificar algún cambio para dentro de veinte años, es decir para cuando él y la mayoría de nosotros esté cerca de la muerte por edad, si es que antes no nos lleva alguna de las enfermedades ambientales. Partiremos nosotros antes que las empresas.


También se lo ha visto recorrer la calle Grl. Mosconi proponiéndoles a los vecinos la compra o la expropiación de sus casas para que las empresas no tengan la necesidad de mermar sus actividades o de pensar en un traslado. Su actitud es tan servil y exenta de dignidad que causa vergüenza ajena, y más bien responde a lo que los vecinos mencionan como alcahuetería.


Tanta voluntad en favor de empresas que mueven muchísimo dinero deja abierta una inquietud que, de ser cierta, lo inhabilitaría para siempre. El concejal entendió mal el sentido de la vocación de servicio, no percibió que debe volcarla a la comunidad: El puesto que ocupa y el dinero que cobra le corresponden.


La tarea de Ramón Deccilli, ¿es gratuita? Ya dijimos que a la ciudad le cuesta el sueldo, pero ¿solamente actúa en favor de las empresas por convicción? Algunos de los otros concejales despliegan una desidia y una incapacidad que se manifiestan en el silencio habitual que aportan cotidianamente en el Concejo, pero al menos no dejan sospechas: Simplemente hacen mal su trabajo y deben ser repudiados.


No para liberarlo de culpas al concejal Deccilli sino para que cada uno asuma su responsabilidad, debemos reconocer nuestro propio error como ciudadanos al cederle el puesto de representación a alguien tan mal intencionado. Si bien nuestro mecanismo democrático no dispone de una revocatoria de mandato y nos condena a esperar el fin del tiempo previsto, no nos impide ejercer la vindicta pública que nos reserva, como única pero digna salida, el repudio cotidiano que le haga sentir, al menos, que no es de acá.

La peligrosa buena voluntad

La soja definitivamente no es un alimento para humanos. Argentina la produce en grandes cantidades, entre otras cosas, para engordar vacas en China y en Europa. Además de los problemas digestivos que ocasiona, requiere de ciertos cuidados previos en su preparación. La variedad transgénica mantiene la incógnita sobre las consecuencias de su ingesta a través de los años, pero lo que sí se sabe certeramente es que está impregnada con el peligroso tóxico llamado glifosato.



El doctor Rodolfo Páramo sostiene que ese veneno forma parte constitutiva de la semilla y no sólo de su cubierta, por lo que les advierte a todos que desistan de consumirla en cualquiera de sus formas. La variedad que se consume, para colmo, es la forrajera, para la que se admite una dosis cinco veces mayor de agroquímicos.



En San Lorenzo el Rotary Club donó una máquina procesadora de soja para producir jugo (que erróneamente denominan ‘leche’) y harina, para alimentar a los niños pobres.



No desconfiamos de la buena intención del Rotary, pero el desconocimiento no les diluye la responsabilidad. Cometieron un error grave porque ponen en peligro la salud de menores y los someten a consecuencias nefastas.



La Sociedad Argentina de Pediatría advirtió sobre los peligros del consumo de soja en menores de diez años en el año 2003, sin embargo, ni las autoridades, ni la Asociación Médica, ni el director del hospital, ni los concejales médicos reaccionaron para evitar la donación. Es más, los miembros del Rotary fueron reconocidos como amables altruistas.



La soja tiene inhibidores de la absorción de hierro, zinc y otros oligoelementos indispensables para el desarrollo. Aporta sustancias homologables con el estrógeno, hormona femenina, y provoca trastornos hormonales como el crecimiento de mamas en los niños, la aceleración del desarrollo de los órganos sexuales en las niñas provocando, por ejemplo, menstruaciones tempranas, favoreciendo además el riesgo de contraer cáncer de útero, mamas y ovarios. Tampoco se deben soslayar los trastornos psicológicos que traen aparejadas estas alteraciones sexuales.



Someter a sabiendas a los niños a estos peligros está más cerca del delito que de la equivocación. De ninguna manera se puede alegar desconocimiento, ya que esta información circula desde hace mucho tiempo. La Asamblea Permanente por la Vida denunció públicamente esta situación provocando la suficiente repercusión en el medio, y sin embargo ni las autoridades municipales ni provinciales se expidieron sobre el asunto. Tampoco los miembros del Rotary detuvieron el proyecto. Si al principio se presumía su ignorancia, ya no pueden decir que no lo saben. Ahora son responsables.



Nadie desconoce que la soja es un gran negocio y que las cámaras empresarias sostuvieron una campaña en su favor, promocionándola como la solución al hambre de los pobres. Ese esfuerzo por convertir a la soja en ‘buena y amigable’ está exento de inocencia, y todos los que participan son engranajes en la producción de dinero, no de solidaridad. Eso explica las ‘donaciones altruistas’ de distintas organizaciones que tienen como rasgo común la proximidad con los surtidores de poder.



El Rotary club de San Lorenzo tiene la posibilidad de enmendar su error grave desactivando el proyecto de la soja como alimento, y de utilizar, al mismo tiempo, todas sus influencias y esfuerzos para convencer a las autoridades de que el hambre se termina no sólo con el aporte de alimentos sino y fundamentalmente con políticas de desarrollo para todos los sectores sociales.

La historia actual

Como vecino de la calle Mosconi, y afectado por la penosa situación del transito de camiones y la contaminación, convencido de que es digno y casi inevitable el deber de participar por la vida junto a los vecinos y amigos , me convertí de pronto en un militante activo, y de tanta reunión con autoridades, y de tanta cháchara , de ir y venir , de panfletear, de informarme e informar, de estrechar manos para cortar el transito de una calle, de tanto planear y de tanto putear, llegué a casa cansado y me dormí.





Tuve un sueño al que denomine ‘La historia actual’, y que quiero compartir con ustedes.



Soñé que la batalla de San Lorenzo, la de San Martín y sus granaderos, se desarrollaba un tres de febrero, pero del 2005. Por supuesto que el coronel llegó a nuestra querida ciudad 3 días antes siguiendo desde tierra a los españoles que venían saqueando por todo el cordón industrial, compraban cereal en negro, atacaban los cajeros automáticos , compraban bancos que estaban por quebrar y otros chanchullos.



Al llegar, el coronel San Martín se reunió con las autoridades municipales, ejecutivo y concejales, quienes le comunicaron que lamentablemente no podrían ayudarlo mucho, ya que estaban empeñados en construir una ciudad industrial y Repsol era la empresa española mas importante en la zona, y no era su intención enfrentarse con ellos, pero que alguna manito le iban a dar.





Y así fue que lo enviaron al convento, donde estaba la tropa, es decir, 100 personas de los planes jefas y jefes, “para lo que el coronel guste mandar”, y colaboraron con chaquetas y morriones para los granaderos, eso sí ,con la inscripción “esta chaqueta la cuidan usted y Petrobras”. Para colmo de males el encargado de los caballos le informa al coronel, que los mismos habían estado pastando cerca de una cerealera, y murieron intoxicados con órganos clorados y fosforados. “Qué mala suerte”, dijo el general, “ y ahora, ¿qué hago?, ¿con qué ataco?



Cuando desembarcaron, ya tenia conocimiento por un pescador que los españoles se acercaban y que conocían lo acontecido a los caballos de los granaderos gracias a un llamado que se hizo desde una mansión costanera de un importante político, gremialista y empresario que vino a vivir a la zona procedente de Puerto San Martín y que no quería líos con los gallegos, aparezco yo en escena con un grupo de vecinos y le entregamos al coronel valiosa información.



3 de febrero, ‘Febo asoma…’ desembarcan cancheros los gaitas, al viento desplegado su rojo pabellón, cuando de pronto una lluvia de pastillas de photoxin les cae encima y los envenena en el acto, San Martín no se cae del caballo, el sargento Cabral sigue vivo y se vuelve a Corrientes para ayudar a sus paisanos que cortaron el paso en el puente Belgrano, y nosotros nos abrazábamos con San Martín y festejábamos izando la bandera celeste y blanca, mientras en una gran hoguera quemábamos las chaquetas y los morriones que habían regalado desde el municipio.



Me desperté, tomé unos mates, preparé unos volantes y salí a la calle, mientras me dije: “Soñar no cuesta nada”.



(Un vecino de San Lorenzo)

En el día y en la noche





Las fotos de la tapa muestran con claridad el fundamento de lo que nos sucede. Corresponden a la chimenea de la empresa IDM y fueron sacadas, una a pleno día y la otra en la soledad de la noche. Se nota fácilmente que es en la noche, cuando piensan que nadie los ve, el momento en que aprovechan para lanzar al aire, espacio común, lo peor de ellos mismos.


¿Por qué lo hacen de noche?


Porque en la noche hay silencio, en la noche la gente se recluye y en la noche la mayoría del pueblo duerme. Y es en esa quietud en donde se apropian de lo que nos pertenece, llevándose nuestra calidad de vida, nuestra salud, nuestra posibilidad de desarrollarnos, nuestro presente y nuestro porvenir.


Si bien la metáfora de las dos chimeneas se puede usar en todos los ámbitos de la vida, es en la tarea que emprendió esta Asamblea, la de preservar la salud y la calidad de vida que la actividad de las empresas perjudica, en donde se manifiesta más crudamente el oportunismo del sistema.




Si la gente por sí misma y por una decisión contundente defiende su derecho a vivir en un ambiente sano, a desarrollar cotidianamente sus actividades, a terminar cada día sin la incertidumbre de una explosión fatal, nadie, si empresas ni gobernantes, se atreverá a vulnerar esa condición básica que le corresponde tan sólo por ser persona.


No se puede pensar que tenemos que entregar nuestro derecho a vivir a cambio de trabajo, como si fueran términos incompatibles. Actuar así está más cerca de lo morboso que de lo natural.

Editorial

Cada día amanecemos en el mundo, nuestro pequeño mundo, nuestro alrededor, para encontrarnos con la figura del otro, de los otros, con quienes sostenemos este acuerdo voluntario que llamamos sociedad.


Entre todos esos otros buscamos a nuestros iguales, a quienes se nos parecen, quienes van hacia el mismo lugar que nosotros, y de entre ese conjunto de similares elegimos a alguno para encargarle ciertas tareas. Le pedimos que nos represente, que obre y decida en nuestro nombre, ya que es uno más, un igual. Confiamos en él.


Lamentablemente muchos de esos que elegimos como representantes hacen mal su trabajo y olvidan que tomaron en préstamo lo que es de todos. Se representan a ellos mismos y a sus intereses. Olvidan el mandato que originó la representación. Es más, se encargan de representar a quienes nos perjudican, haciendo todo lo contrario de lo que les habíamos pedido.


¿Por qué deciden representar a las empresas, al poder económico?


¿Por qué no protegen nuestros intereses?


¿Por qué les permitimos que lo hagan?


Nuestros dirigentes políticos, nuestros funcionarios, los representantes que elegimos, tomaron la costumbre de no preocuparse por lo que nos pasa, y usan nuestro tiempo y los cargos y las instituciones para ponerlas al servicio de los que tienen el poder del dinero. Así les permiten a las empresas trabajar de cualquier manera, contaminando el aire, el agua, el suelo, poniéndonos en peligro constante, enfermándonos y matándonos. Esos representantes, en lugar de controlarlas y de ponerles límites, les allanan el camino.


Una de las tareas que nos propusimos en esta Asamblea democrática y solidaria, es la de pedirles, exigirles, a nuestros representantes que nos representen. Decidimos dejar de ser observadores callados y decidimos participar. Nos estamos ocupando de lo nuestro.


Dejamos la puerta abierta para los que quieran aportar sus ideas y sus voluntades, para los que quieran que las cosas cambien.