La soja definitivamente no es un alimento para humanos. Argentina la produce en grandes cantidades, entre otras cosas, para engordar vacas en China y en Europa. Además de los problemas digestivos que ocasiona, requiere de ciertos cuidados previos en su preparación. La variedad transgénica mantiene la incógnita sobre las consecuencias de su ingesta a través de los años, pero lo que sí se sabe certeramente es que está impregnada con el peligroso tóxico llamado glifosato.
El doctor Rodolfo Páramo sostiene que ese veneno forma parte constitutiva de la semilla y no sólo de su cubierta, por lo que les advierte a todos que desistan de consumirla en cualquiera de sus formas. La variedad que se consume, para colmo, es la forrajera, para la que se admite una dosis cinco veces mayor de agroquímicos.
En San Lorenzo el Rotary Club donó una máquina procesadora de soja para producir jugo (que erróneamente denominan ‘leche’) y harina, para alimentar a los niños pobres.
No desconfiamos de la buena intención del Rotary, pero el desconocimiento no les diluye la responsabilidad. Cometieron un error grave porque ponen en peligro la salud de menores y los someten a consecuencias nefastas.
La Sociedad Argentina de Pediatría advirtió sobre los peligros del consumo de soja en menores de diez años en el año 2003, sin embargo, ni las autoridades, ni la Asociación Médica, ni el director del hospital, ni los concejales médicos reaccionaron para evitar la donación. Es más, los miembros del Rotary fueron reconocidos como amables altruistas.
La soja tiene inhibidores de la absorción de hierro, zinc y otros oligoelementos indispensables para el desarrollo. Aporta sustancias homologables con el estrógeno, hormona femenina, y provoca trastornos hormonales como el crecimiento de mamas en los niños, la aceleración del desarrollo de los órganos sexuales en las niñas provocando, por ejemplo, menstruaciones tempranas, favoreciendo además el riesgo de contraer cáncer de útero, mamas y ovarios. Tampoco se deben soslayar los trastornos psicológicos que traen aparejadas estas alteraciones sexuales.
Someter a sabiendas a los niños a estos peligros está más cerca del delito que de la equivocación. De ninguna manera se puede alegar desconocimiento, ya que esta información circula desde hace mucho tiempo. La Asamblea Permanente por la Vida denunció públicamente esta situación provocando la suficiente repercusión en el medio, y sin embargo ni las autoridades municipales ni provinciales se expidieron sobre el asunto. Tampoco los miembros del Rotary detuvieron el proyecto. Si al principio se presumía su ignorancia, ya no pueden decir que no lo saben. Ahora son responsables.
Nadie desconoce que la soja es un gran negocio y que las cámaras empresarias sostuvieron una campaña en su favor, promocionándola como la solución al hambre de los pobres. Ese esfuerzo por convertir a la soja en ‘buena y amigable’ está exento de inocencia, y todos los que participan son engranajes en la producción de dinero, no de solidaridad. Eso explica las ‘donaciones altruistas’ de distintas organizaciones que tienen como rasgo común la proximidad con los surtidores de poder.
El Rotary club de San Lorenzo tiene la posibilidad de enmendar su error grave desactivando el proyecto de la soja como alimento, y de utilizar, al mismo tiempo, todas sus influencias y esfuerzos para convencer a las autoridades de que el hambre se termina no sólo con el aporte de alimentos sino y fundamentalmente con políticas de desarrollo para todos los sectores sociales.
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